Los voluntarios de las palabras

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Al entrar en el local de la ONG La Mano del Ángel, el cúmulo de cosas que se expanden por todos los rincones te asalta: la tienda está tan llena que no sabes dónde mirar, es incluso difícil caminar por los estrechos pasillos sin tropezar con las cajas llenas de ropa, zapatos y juguetes que te entorpecen el camino. Se trata de un lugar pequeño, poco ventilado. Destinado a ayudar al prójimo, tal y como su doctrina cristiana evangelista difunde, su labor humanitaria y desinteresada no ofrece la posibilidad de pagar el alquiler de un establecimiento más grande.

No obstante, cuando yo entré en el local de La Mano del Ángel, situado en la calle Pizarro de la localidad madrileña de Getafe, me asaltó un ambiente amistoso de paz y tranquilidad. Arrastrada por la curiosidad de encontrarme con esta nueva tienda, a eso de la una del mediodía, una voz femenina me dio los buenos días al cruzar la puerta seguidos de una amplia sonrisa: se trataba de la voz de Marcela, la dependienta, que tras 13 años viviendo en España aún conserva su claro acento argentino.

Un par de vistazos sobran para darte cuenta de que estás en algo similar a un comercio de segunda mano. Objetos y ropa que a alguien ya no les eran útiles buscan una segunda oportunidad en quien realmente les necesite. Sin embargo, debes mirar más a fondo para descubrir que la ayuda realizada por los voluntarios de esta ONG va más allá de la venta de prendas baratas.

El reloj marcaba las 13:22 cuando la puerta se abrió para descubrir a una mujer alta, de mediana edad y cabello corto y rubio. La nueva visitante, cuyo nombre descubriríamos más tarde que es Ana, se paseaba por la tienda manteniendo con Marcela una conversación que a primera vista podría parecer de “cliente-vendedora”, pero que si escuchabas de cerca revelaba una cariñosa charla entre dos amigas que hablan de amor, penas y de la vida en general. Y así consiguieron llamar nuestra atención.  

Cualquier persona podría haber tachado de insolente mi interrupción en su conversación, pero las dos mujeres me abrieron las puertas de la misma y me invitaron a participar. Marcela nos contó que apenas unas horas antes una mujer había irrumpido llorando en la tienda para contarle que había descubierto que su actual pareja abusaba de su hijo. Las dos oyentes nos quedamos en silencio, sin saber muy bien qué decir.

Una mujer, a la que no conocía de nada, había acudido a aquel local, a aquella voluntaria, desesperada. No buscando una chaqueta o unos zapatos, tampoco un milagro; tan solo buscando a alguien que le escuchara, a alguien que le dijera que todo iba a salir bien. Marcela nos explicó en qué consiste la parte de su trabajo que no se anuncia en los carteles publicitarios de la ONG, y es que cada semana, a veces cada día, aparece gente que pide un oído amigo para conversar.

Son cientas las historias que aquellas cuatro paredes han escuchado y lamentado. Entre relato y relato, Ana tomó el mando de la charla para contarnos su propia experiencia: 3 años atrás había escapado de Toledo, donde vivía maltratada por su pareja, para llegar a Getafe. “Cuando una mujer es maltratada piensa que nadie quiere escucharla, que no se merece que nadie le quiera ni le preste su atención”. Pero 3 años atrás conoció a Marcela, en quien encontró a alguien que no solo la escuchaba, sino que quería hacerlo desinteresadamente. Tras 10 minutos hablando, Ana se despidió emocionada y, una vez más, agradecida de ya no estar sola como hace 3 años sentía que estaba. “¡Te quiero, Marcela!”, es lo último que dijo al salir.

Con ganas de seguir escuchando más, Marcela me anunció que a las 2 debe cerrar. Pero esos últimos minutos los quise aprovechar para seguir conociendo mejor la función de La Mano del Ángel. Estaban preparando una recogida de juguetes para entregárselos en Navidad a aquellos niños que no tendrían la suerte de recibir regalos. También cuentan con niñas indias apadrinadas, a quienes envían mensualmente recursos.

Con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, nos disponemos a marcharnos. Las dos sabemos que no se trata de un “adiós”, sino de un “hasta siempre”, pues aquella experiencia de apenas una hora de duración había conseguido abrirme el corazón y enriquecerme la mente.

Al salir del establecimiento soy la misma persona, el mundo sigue siendo igual, pero ahora tengo una nueva visión de él.  

Por: Andrea García Hurtado

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