Ella puedes ser tú, puedo ser yo, pero sobre todo podemos ser aquella mujer.

Ella llevaba prisa, como siempre. Nueve minutos para su tren marcaba en Atocha. Estaba indecisa por quedarse en el andén o ir a ojear las tiendas que había en la estación. Decidió esperar.

Miraba una pegatina que estaba en el poste de información de Renfe. La pegatina tenía escrito PLAN, se trataba de una ONG, por lo que ella lo anotó en su móvil para luego poder escribir sobre ello en su blog de voluntariado. Miró otra vez la pantalla de llegadas: seis minutos. Resopló. Se puso a andar de un lado a otro, lenta, mirando la hora en el móvil. En uno de los giros de su recorrido se le acercó aquella mujer.

Abrigo largo azul, bandolera beis, pelo en medio recogido, piel blanca, ojos azul cielo. Hablaba por teléfono y bajó el móvil para preguntarle a ella: “¿Guadalajara?”. Ella pegó un respingo y tardó un segundo en responder:

–     Sí, sí, este tren va a Guadalajara. – Miró la pantalla de llegadas para asegurarse: – ¡Ay no! Este va solo hasta Alcalá, pero el siguiente seguro que va a Guadalajara.

Aquella mujer, que no dejaba de sonreír, negó con la cabeza y repitió “¿Guadalajara?”. No se entendían, era extranjera. Ella se lo volvió a explicar más despacio. Esta vez lo dijo más alto, como si fuera a servir de algo, pero aun así no se acercaba mucho a aquella mujer. Ella le miraba como quien mira a un niño enseñándole a andar, volcando la ayuda en sus ojos. Sin embargo, su cuerpo parecía que iba a salir corriendo en cualquier momento, como si una barrera invisible le impidiera acercarse más de un metro a aquella mujer.

Mientras que la mujer extranjera continuaba hablando por teléfono, ella seguía andando sin rumbo. A un minuto de que el tren efectuara su entrada, otra pregunta hizo que ella agarrara el teléfono con fuerza: “¿Puedo contigo a Alcalá?”- preguntó aquella mujer. Ella fue a responder pero antes miró a todos lados como buscando al cómplice. Miró a aquella mujer sonriente y le asintió con la cabeza.

Con una mano metida en el bolsillo donde estaba el móvil y otra sujetando todo lo que podía la mochila, subió al tren así de ridícula ella. Aquella mujer sonriente la siguió con paso obediente como una mascota. Al subir los escalones que dividían el tren, aquella mujer dijo “tú primero”; ella sonriendo asintió y dio las gracias. Encontraron un sitio de dos y ella se puso la mochila en el regazo con una mano en el bolsillo pequeño donde llevaba la cartera. “¿Tus padres trabajan?” – preguntó aquella mujer. Ella asintió. “Y ¿hermanos tú?” – volvió a preguntar. Ella frunció el ceño y dijo que no, mintió.

Pasados unos minutos eternos aquella mujer, que seguía sonriendo, empezó a hablarle de problemas que tenía con su móvil. No podía mandar “esmes”, decía refiriéndose a los SMS. Su compañía telefónica, una tal DIGI, no le permitía enviar nada, aunque según afirmaba no había gastado todos los mensajes que tenía. Ella no sabía muy bien que hacer, la escuchaba y le preguntaba que si su tarifa lo cubría. Todo ello con un lenguaje sencillo y un volumen elevado, aunque lo segundo no sirviera absolutamente de nada. Aquella mujer sonriente le preguntó si podía ver su móvil, ver de qué compañía era. Ella nerviosa solo contestaba que no era esa compañía y que lo que tenía que hacer era llamar y preguntar. Pero aquella mujer le contestó: “Yo cómo voy a llamar si no entender, ni ellos a mí” – su sonrisa se torcía en resignación. Ella le animó a intentarlo diciéndole que su español era bastante bueno, ya que entendía un montón de cosas, y comenzó a hacerle preguntas sobre su vida evitando así que le preguntara a ella.

De esta forma, descubrió que era de origen rumano, que llevaba dos meses en España y que estaba esperando una llamada porque no sabía si la iban a recoger a Alcalá o tenía que hacer transbordo para llegar a Guadalajara. Aquella mujer le pidió las indicaciones de cómo volver a Atocha y sacó una libreta de Minnie Mouse, pero no tenía boli. Entonces sacó el teléfono para apuntarlo y se lo dejó a ella sin pensarlo para que buscara las Notas, pero como ninguna de las dos lo encontraron, lo apuntó como si fuera un contacto nuevo.

–     Gracias por tú a mí hablar – dijo aquella mujer mientras asentía rápido con la cabeza.

+    De nada –  dijo sonriente ella.

–     Mucha gente no atrever…

+    Ya… – dijo ella sin saber que responder – les da vergüenza…

La mujer sonrió comprensiva y asintió: “Todos tienen sus problemas”

Esa última frase arrancó en ella una mirada de fascinación como la que te sacan los fuegos artificiales cuando estallan en lo alto. Sus músculos se destensaron y dejó la mochila en el suelo.

A la altura de Santa Eugenia, al fin se presentó. Daciana, así se llamaba aquella mujer sonriente. Se giró hacia ella y le preguntó: “¿con mil euros poder vivir tres?”. Ella resopló. Daciana le explicó que quería traer a sus dos hijas de Rumanía y que ganaba mil euros al mes limpiando dos casas. La cara se le iluminaba cuando hablaba de sus hijas: una de siete y una de doce. Ahora vivían con los padres de Daciana, pero estos eran muy mayores. Hablaba por teléfono con sus hijas todas las semanas, aunque le costará gran parte de su sueldo, tratando de explicarles que pronto iban a ir a vivir a España. Ella le animó contándole que una amiga suya cuya familia eran tres se apañaban con mil euros. Daciana entre “gracias” explicaba que vivía en una habitación de una casa, la cual le costaba doscientos euros al mes, pero que estaba muy sucia y era muy ruidosa. Allí todas las noches estudiaba español con un diccionario. Ella, al ver tanta calamidad, le preguntó si no encontraba trabajo en Rumanía. “

–    Trabajo sí, pero yo no puedo volver. Mi marido, yo huí por él – dijo rascándose un brazo de forma nerviosa.

 +    ¿De él? – preguntó ella.

Daciana asintió.

 +    No pasa nada, ahora estás lejos – dijo ella muy seria.

En los veinte minutos restantes hablaron de infinidad de cosas. Daciana le explicó cómo era la Navidad en Rumanía. Hablaba muy emocionada porque todo se llenaba de luces y la familia se reunía tres días a cenar. Este año iban a ser duras para Daciana, ya que las iba a pasar aquí. Pero ella procuraba animarla cogiéndole de la mano y hablándole de que seguro que pasado verano iban a poder venir a España sus hijas. Ella le contó que sus padres estaban separados y que tenía hermanos que eran solo de parte de padre. Daciana enseguida le preguntó si ella se había puesto triste o si se había enfadado por que sus padres no estuvieran juntos, explicándole que no quería que sus hijas lo pasaran mal pero que no podía volver con su marido. Ella le tranquilizó: “los hijos solo quieren lo mejor para los padres y entienden que si son felices separados es como tiene que ser”. Daciana le enseñó algunas palabras en rumano y ella le enseñó otras en español. Pero esto no fue lo que aprendieron en este viaje en tren.

Una vez habían llegado a la estación de Alcalá de Henares, ella le indicó qué vía coger volver a Atocha. “Ojalá una hija tan buena, hermosa como tú. Gracias por sacar en tiempo malo a mí, por hablar conmigo” – se despidió Daciana. Ella le abrazó tan fuerte que desde fuera no parecían extrañas. Le deseó toda la suerte del mundo y mientras se iba no dejaba de mirar a Daciana para asegurarse de que la había dejado bien. No se explicaba cómo una persona podía estar cuarenta y cinco minutos de trayecto prácticamente sin dejar de sonreír, sobre todo aquella mujer.

Ella llevaba prisa, como siempre. Nueve minutos para su tren marcaba en Atocha. Estaba indecisa por quedarse en el andén o ir a ojear las tiendas que había en la estación. Suerte que decidió esperar.

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